RICARDO POLLMAN

Ricardo Pollman nació en Morelia en 1987. Si otros pintores, han tardado años para encontrar su propio lenguaje estético, Pollman lo plasmó enseguida. A pesar de su juventud, ha buscado un medio de expresión de su rica experiencia cultural en los lienzos que unifican una cuidadosísima técnica de dibujo y un gusto minucioso, de alquimista, por la expresión de la realidad.

Hay dos grandes personajes que son como su fuente de inspiración continua: Johan Sebastián Bach y Leonardo da Vinci. Bach seguramente es su modelo de vida en ese modo de enojarse consigo mismo antes que con los demás, de estar dispuesto a sufrir que nadie admire lo que ama y a preferir el trabajo de búsqueda a la fama. Además, son personajes de su admiración Beethoven, Mozart, Wagner, y, Miguel Ángel, Donatello y Rafael.

Su pintura interpela al que la contempla, casi sacude la mente desde lo más profundo, como en una peroración persuasiva. Es apasionadamente conceptual o conceptualmente pasional. Y eso se traduce en figuras desgarradas, en actividad, que desarrollan varias expresiones en un mismo plano, como si el espacio pictórico fuera insuficiente para exponer todo lo que esos personajes vivos llevan dentro.

Su estilo de pintura se acompaña de estudios minuciosos y muy completos sobre la realidad que quiere plasmar. Pollman devuelve al arte su dignidad y su majestad perdidas con las falsas vanguardias de los últimos años, donde el valor de una obra se basa en su costo monetario, en lo que se está dispuesto a pagar por ella. Pollman retoma el arte en serio, en la belleza de la sublimidad expuesta sin tapujos, en la grandiosidad de todo lo humano que tiene el arte, en la búsqueda de la estética compartida, objetiva en la medida de lo posible. Pollman es como un moderno reformador de la estética, como en su tiempo lo fueron los grandes maestros del Renacimiento Italiano, que buscaban continuamente sublimar lo humano en sus expresiones más elevadas, más profundas, más audaces, pero siempre en el reconocimiento de un canon de lo bello que coloca la subjetividad en segundo término para centrarse en el “aquello” que se quiere expresar.

Las pinturas de Pollman no suscitan algún sentimiento suelto, una impresión, sino que más bien interpelan con discursos bien construidos de los que siempre se pude aprender mucho. Son como sinfonías pictóricas hechas de pequeños detalles. Agotan los temas en su expresividad, pero dejan tareas pendientes al observador, para entender, asimilar, reordenar, decodificar y reconducir el discurso. Son completas, pero exigen al que las ve ese plus del que quiere llevarse el mensaje íntegro. Es un lenguaje abierto, sin estridencias, pero demasiado abigarrado como para pensar que uno se lo puede apoderar de un vistazo.

Su producción es extensísima, siempre con esa marca de familia de quien hace de la perfección normalidad.

Su forma de pintar, siempre con la música clásica de fondo y una copa de vino tinto al alcance de su boca, es sin embargo, trabajosa, sin relajamientos, cargada de una intensidad vital que se desborda en sus obras.